El comienzo
Jim Elliot nunca buscó una vida cómoda.
Buscaba una vida entregada por completo a Aquel que lo había rescatado.
Nació en Estados Unidos en 1927. Desde muy joven, su pasión por Cristo era intensa y poco común. En la universidad, mientras muchos jóvenes soñaban con carreras y reconocimiento, Jim anotaba en su diario palabras que delataban su corazón:
"No es tonto quien da lo que no puede conservar, para ganar lo que no puede perder."
No buscaba una plataforma. Buscaba ser fiel hasta el final.
El llamado
Sintió el llamado a llevar el evangelio a un pueblo del oriente de Ecuador que no había tenido contacto pacífico con el exterior: los huaorani, entonces conocidos como "aucas" (salvajes), con fama de violentos.
Junto a otros cuatro jóvenes misioneros, se preparó durante meses. Sobrevolaban la selva, dejaban regalos desde el avión, aprendían palabras de su lengua. Sabían el riesgo. Sabían que podía costarles la vida.
Pero para Jim, la vida ya no era suya.
Pertenecía a Cristo.
No es tonto quien da lo que no puede conservar, para ganar lo que no puede perder.
Cuando la entrega no fue el final
En enero de 1956 aterrizaron en un banco de arena junto al río Curaray. Los primeros contactos fueron amistosos. Pero pocos días después, un grupo de huaorani los atacó.
Jim y sus cuatro compañeros murieron.
Ninguno usó las armas que llevaban para defenderse.
A los ojos del mundo, fue una tragedia. Cinco jóvenes prometedores, eliminados por una tribu "primitiva". Pero Dios veía algo que el mundo no podía ver.
La semilla había caído en tierra.
Y estaba a punto de dar fruto.
Lo que el mundo no pudo ver
Años más tarde, la viuda de Jim, Elisabeth Elliot, y la hermana de otro de los mártires (Rachel Saint) regresaron a vivir entre los huaorani.
No fueron por venganza.
Fueron por amor.
Muchos de los que participaron en el ataque conocieron a Cristo. Incluso el propio líder que dirigió la masacre se convirtió y se bautizó. El evangelio, que llegó en forma de muerte, produjo vida donde solo había oscuridad.
La entrega de Jim no fue un gesto heroico de esfuerzo propio.
Fue el desborde de una vida que ya había muerto a sí misma para vivir en Cristo.
Por eso, su muerte no fue el final.
Fue el principio de una cosecha que sigue dando fruto hasta hoy.
Lo que esta huella revela sobre Cristo
La historia de Jim Elliot no habla, en primer lugar, de un joven valiente.
Habla de un Cristo que usa la muerte para dar vida.
Habla de un Señor que recoge lo que se siembra en lágrimas y lo convierte en gozo.
Jim entendió lo que muchos no entienden: que la vida que se retiene se pierde, y la que se entrega se gana para siempre. No porque la entrega tenga poder en sí misma, sino porque Cristo es el que resucita a los muertos y hace que la semilla, al ser partida, produzca fruto abundante.
La cruz siempre precede a la resurrección.
Y la muerte al yo siempre precede a la vida en Cristo.
Lo que nos enseña hoy
Vivimos en una cultura que nos enseña a preservar, a protegernos, a acumular. Jim Elliot nos recuerda lo contrario:
Lo único que se pierde es lo que se retiene. Lo único que se gana es lo que se entrega.
No todos estamos llamados a morir como mártires. Pero todos estamos llamados a morir al yo para que Cristo viva en nosotros.
Porque la entrega no es un acto único.
Es una vida de decisiones diarias en las que elegimos soltar lo que no podemos conservar para recibir lo que nadie nos puede quitar.
Síntesis biográfica para conocer su historia. Para profundizar: Portales de esplendor (Through Gates of Splendor) y La sombra del Todopoderoso, escritos por Elisabeth Elliot.