El comienzo
George Müller nació en Prusia en 1805.
Su juventud fue un desastre: mentía, robaba, vivía para sí mismo. Antes de los veinte años ya había estado preso por deudas.
No había en él ninguna inclinación hacia lo espiritual.
Pero Dios, que encuentra a los que no lo buscan, lo alcanzó en un pequeño encuentro de oración al que asistió casi por casualidad. Algo se rompió en su interior. Algo nuevo comenzó.
No fue un esfuerzo por mejorar.
Fue una vida nueva que se abrió paso.
La decisión que cambió todo
En 1836 abrió su casa en Bristol para acoger a huérfanos. En aquella Inglaterra, miles de niños quedaban abandonados en las calles.
Müller tomó una decisión que a muchos les pareció insensata:
Nunca pediría dinero a nadie. Solo oraría.
Nada de campañas, nada de cartas mencionando necesidades. Si faltaba el pan, se lo pediría a Dios y esperaría.
No era un método.
Era una convicción profunda: quería que el mundo supiera que Dios es fiel y que sostiene a los suyos cuando confían enteramente en Él.
Quería que nadie pudiera decir: "Esa obra se sostiene porque alguien la financió."
Quería que solo pudieran decir: "Esa obra se sostiene porque Dios la sostiene."
Los días imposibles
Hubo mañanas sin comida para el desayuno. Müller sentaba a los niños a la mesa, daba gracias a Dios por lo que estaba por llegar... y esperaba.
Y el pan llegaba.
Alguien tocaba la puerta sin saber de la necesidad. Un donativo anónimo. Un paquete que aparecía justo a tiempo.
Esto no ocurrió una vez.
Ocurrió durante sesenta y tres años.
No era magia. Era la respuesta de un Padre que ve en secreto y recompensa en público (Mateo 6:4).
La fe no es una metáfora bonita. Es descansar en Dios más que en nuestros propios recursos.
Cuando el servicio se volvió vida
Müller no era un soñador desordenado. Era riguroso, meticuloso, llevaba una contabilidad exacta que publicaba cada año.
Pero su confianza no estaba en su organización. Estaba en Aquel que ve las necesidades antes de que nosotros las articulemos.
No pedía porque no confiaba en los hombres.
Pedía solo a Dios porque confiaba en que Él es el único que nunca falla.
Su vida no fue un acto de fe extraordinario de un solo día.
Fue una dependencia sostenida, día tras día, durante más de seis décadas.
Lo que esta huella revela sobre Cristo
La historia de George Müller no habla, en primer lugar, de un hombre de gran fe.
Habla de un Cristo que nunca abandona a los suyos.
Habla de un Padre que ve en secreto y recompensa en público, un Padre que no necesita que le recordemos nuestras necesidades porque las conoce antes de que pidamos (Mateo 6:8).
Müller no confiaba en su propia capacidad de fe.
Confiaba en la fidelidad de Aquel que nunca cambia.
Y esa confianza, sostenida a lo largo de los años, demostró que el Dios de la Biblia sigue siendo el mismo hoy.
Lo que nos enseña hoy
Vivimos en una cultura que nos enseña a depender de nuestros propios recursos, de nuestros planes, de nuestra capacidad de gestionar.
Müller nos recuerda algo muy diferente.
La fe no es un sentimiento. Es una decisión sostenida de confiar en que Dios es suficiente, incluso cuando no vemos cómo va a resolver.
No todos estamos llamados a vivir exactamente como Müller. Pero todos estamos llamados a depender de Cristo como nuestra fuente, no como un recurso más entre otros.
La obra que perdura no es la que sostenemos con nuestras fuerzas.
Es la que sostenemos con nuestra dependencia de Aquel que nunca falla.
Síntesis biográfica para conocer su historia. Para profundizar: La vida de fe (autobiografía de George Müller) y la biografía escrita por Basil Miller.