El comienzo
Dietrich Bonhoeffer nació en Breslau, Alemania, en 1906, dentro de una familia culta y acomodada. Desde muy joven destacó por su inteligencia y por una profunda pasión por la teología.
Todo parecía indicar que tendría una vida dedicada al estudio y al reconocimiento académico.
Sin embargo, cuanto más profundizaba en las Escrituras, más comprendía que Jesús nunca llamó simplemente a entender sus enseñanzas.
Llamó a seguirlo.
Aquello transformó la teología en una decisión de vida.
Cuando la gracia dejó de ser una idea
Bonhoeffer observó que gran parte del cristianismo de su tiempo hablaba de la gracia como si fuera un permiso para vivir sin transformación.
A esa actitud la llamó "gracia barata": el deseo de recibir el perdón sin abrazar el discipulado, de aceptar a Cristo como Salvador sin reconocerlo como Señor.
Frente a ello anunció la "gracia que cuesta".
No porque la salvación deba ganarse.
Sino porque la verdadera gracia nunca deja a una persona igual que antes.
Quien recibe la vida de Cristo comienza también a participar de su forma de vivir.
La gracia no solamente perdona.
También transforma.
Cuando seguir a Cristo tuvo un costo
Con el ascenso del régimen nazi, muchas iglesias optaron por guardar silencio o adaptarse al poder.
Bonhoeffer comprendió que permanecer callado también era una forma de hablar.
Se unió a la Iglesia Confesante, ayudó a proteger a personas perseguidas y colaboró con la resistencia que buscaba poner fin al régimen de Hitler.
Sabía perfectamente el riesgo que corría.
No actuaba impulsado por un ideal político.
Actuaba porque entendía que seguir a Cristo implicaba permanecer fiel incluso cuando esa fidelidad exigía un alto precio.
En 1943 fue arrestado.
Pasó casi dos años en prisión.
Pocas semanas antes del final de la guerra, en abril de 1945, fue ejecutado.
La gracia no solo nos libra del pecado. También nos libera de vivir para nosotros mismos.
Cuando la prisión no pudo detener la vida
La cárcel cambió sus circunstancias.
No cambió la fuente de su vida.
Desde la prisión escribió cartas llenas de esperanza, animó a otros presos, consoló a quienes compartían su sufrimiento y continuó viviendo como pastor aun cuando ya no tenía un púlpito.
Su paz no provenía de saber cómo terminaría la historia.
Provenía de pertenecer completamente a Cristo.
Comprendía que ningún muro podía encerrar la vida que Dios había puesto en él.
Lo que esta huella revela sobre Cristo
La vida de Bonhoeffer nos recuerda que Cristo nunca prometió un camino sin cruz.
Prometió compartir con nosotros su propia vida.
Bonhoeffer entendió que morir al ego no era el final de la existencia.
Era el comienzo de una vida completamente nueva.
La cruz nunca fue una invitación al sufrimiento por el sufrimiento.
Fue la puerta para dejar atrás la vieja manera de vivir y participar de la vida del Resucitado.
Por eso el verdadero discipulado no consiste únicamente en imitar a Jesús.
Consiste en permanecer unidos a Él hasta que sea su propia vida la que comience a manifestarse en nosotros.
Lo que nos enseña hoy
Vivimos en una cultura que identifica la libertad con hacer siempre nuestra propia voluntad.
Bonhoeffer descubrió algo completamente diferente.
La verdadera libertad comienza cuando dejamos de vivir para nosotros mismos y aprendemos a permanecer en Cristo.
Porque quien pierde su vida por Él no termina con menos vida.
Descubre la única que jamás podrá ser destruida.
La cruz no es el final del camino.
Es el lugar donde comienza la verdadera vida.
Síntesis biográfica para conocer su historia. Para profundizar: El precio de la gracia, Vida en comunidad y Resistencia y sumisión, donde Bonhoeffer reúne muchas de las cartas escritas durante su encarcelamiento.